domingo, 9 de octubre de 2011

Gotas de miel

 Si ella falleciera hoy, estoy seguro de que descansaría por siempre en los campos elíseos, incluso habiendo cometido pecado, todos los dioses paganos y cristianos la perdonarían, y gustosos la ampararían en su regazo. Nadie, nadie en su sano juicio podría querer tomar represalias contra ella, o herir intencionalmente a tan bella criatura. Se llama Eira, nombre designado por su padre, un hombre de gran influencia, y por sobre todo, de gran riqueza.

Eira era una muchacha gallarda, de mirada dura y firmeza inquebrantable, no necesitaba infundir temor para ganarse el respeto de sus pares y sus superiores como su padre lo hacía, pues su delicado y ligero andar deslumbraba a todo aquel que la veía, y su impecable elocución hacía del mensaje más banal algo exquisito y refinado, lo que despertaba gran admiración y respeto entre los nobles y eruditos. Su belleza era muy poco común, su piel era tersa como el terciopelo y de una hermosa tonalidad mate, su cuerpo de mujer empezaba a florecer armoniosamente con el paso de los años. Sus cabellos eran largos y del color de la fruta madura del olivo, ondulaban gráciles ante la brisa marina. Sus ojos, ¡sus incomparables ojos!, almendrados y profundos, de un color miel intenso, al mirar directo a sus ojos no había hombre capaz de permanecer impasible.

Tuve el honor y la bendición de servirle fielmente desde mi niñez, la acompañé en sus primeros pasos y me encargué de escoltarla en todos sus viajes. Desde siempre fue una hermosa y educada dama, con el pasar de los años empezó a cultivar su vida privada y su intimidad, dejando gradualmente de lado  las charlas conmigo y con sus doncellas sobre las cosas simples de la vida. Puedo contar con los dedos de una sola mano las veces que la vi realmente perturbada, una oportunidad fue cuando su respetable madre falleció. Nunca fue alguien entregada a las pasiones.

La amaba, mas no la deseaba. Mi lealtad hacia ella era infinita, y mi respeto más alto que los colosos. Verla salir de su habitación,  radiante como el más brillante de los soles, era mi razón para despertar cada día. Muchos pretendientes, la mayoría de ellos patanes tras la fortuna de su padre, se le acercaban y trataban de seducirle con las más ingeniosas historias de ultramar, pero ella los rechazaba altiva. Yo siempre estuve cuidando sus espaldas en esos momentos, nunca permitiría que alguien pusiera sus manos sobre su delicada piel sin su previo consentimiento, juré ante el mar y los bosques protegerla de todo mal.

Desde su decimonovena primavera, sus ojos, joyas misteriosas, cada día se apagaban y se volvían más tristes, me carcomía por dentro el no saber el por qué de su pesar, la dama serena estaba sufriendo, sin dudas. Interrogué muchas veces a sus siervas, mas el desconocimiento de ellas era mayor que el mío, incluso algunas no habían notado lo extraña que estaba la señorita Eira hasta que les pregunté sobre el tema, otras simplemente me ignoraban. Hasta altas horas de la noche, ella se quedaba deambulando de un lado a otro en su habitación, desde fuera podía escuchar como revolvía sus pertenencias y movía sus muebles, susurraba y conversaba consigo misma (imposible descifrar qué escuchando desde fuera de la habitación) y luego, venía el silencio. Nunca sabré si realmente se dormía o simplemente callaba hasta el amanecer.

Una tarde, mientras la escoltaba a ella y a sus doncellas a recoger flores al campo, se detuvo repentinamente y ordenó a sus siervas dejarnos a solas por un momento. Me llamó por el nombre que ya he dejado de lado y me dijo muy seria:
-         Quiero que esta noche bajes mis pertenencias, mis doncellas las tendrán listas para cuando se oculte el sol. Que nadie te vea.
-         Haré lo que usted ordene.- Vacilé unos segundos y retomé.- ¿me permite saber el por qué? – Parecía sorprendida ante mi osadía.
-         ¿Debo yo responder a eso?
-         Preocupación profunda he sentido hace semanas por su inusual comportamiento, bien sabe usted que obedeceré sin objetar todo lo que usted ordene, su bienestar es mi mayor preocupación.
-         Siempre has cuidado de mi – pronunció nuevamente mi maldito nombre – has sido leal, mereces saber lo que ocurre, la verdad.- Hizo un ademán ordenándome sentarme, así lo hice.

Se sentó junto a mí y usó mi hombro como su apoyo, hace años que no tenía tan cerca su cuerpo, sus cabellos, oscuros como las sombras, parecían ser tan livianos como la seda, sentía su calidez mientras me embriagaba su aroma parecido al de las gardenias. Me confesó que quería marcharse a otras tierras, gobernadas por familiares de su madre, pero su padre no lo permitiría. Le pregunté por el motivo de su decisión, guardó silencio un par de segundos y luego agregó:
-         Los árboles pierden sus hojas al llegar el otoño. – Me miró con sus fuentes de miel – Temo que mi otoño ha llegado.

Por casualidad, rocé mi mano con la suya, a pesar de la calidez que sentía en su cuerpo, sus manos estaban frías, secas, como las rocas. Jamás en todos los años junto a ella había sentido sus manos así, jamás en todos mis años de vida había sentido unas manos así. Un océano de pensamientos y dudas inundaron mi cabeza: ¿Podrá ser que tenga un amor imposible en esas tierras lejanas? ¿Quizás su vida ha sido infeliz, o tal vez monótona? No, ella solía sonreír sincera, ¿entonces alguien le estará haciendo daño? ¿A quién debo degollar para ver a mi amada radiante nuevamente? ¿Querrá algo que se encuentra en otras tierras? Pues yo cruzaré los mares y los infiernos para traérselo. ¿Se habrá aburrido de ser la niña protegida de su opulento padre? ¿Será de mí de quien se ha aburrido? Dios mío, ¿que habré hecho para molestarle? Ya no es la niña de antes, quizás ya no quiere que la traten como tal, no necesita a alguien cuidándola y atendiéndola todo el tiempo. Soy un desconsiderado.

Su cara de ángel se impregnó de tristeza. Unas gotas de miel querían salir de sus ojos, pero su innata terquedad se lo impidió, sus hombros, a estas alturas del año tostados por el sol, temblaban. Mi boca no podía articular palabra alguna, no supe en ese entonces cómo reaccionar ante su fragilidad. El sol empezó a hundirse en el horizonte, sus siervas decidieron que ya era hora de llevar a la joven a su hogar. Al encuentro con las doncellas, su semblante se endureció, sus ojos, antes estanques de miel, ahora eran duras piedras color ámbar. Las llevé de vuelta tras los muros fortificados.

Eira no dirigió mirada alguna sobre mí esa noche. Se retiró a sus aposentos, y cuando la seguí para iniciar mi turno de guardia, sin voltearse a mirar, ordenó mi retirada. Otro hombre tomó mi lugar y, con el rabo entre las patas, me retiré a mi habitación. Esa noche fue una de las más largas de mi vida, esperé a que saliera el sol, me apresuré y salí al exterior, vigilando su ventana. Estuve varios minutos esperando a que la diosa de mis pensamientos se asomara por la ventana en búsqueda del aire matutino. Nunca se asomó.

Entré nuevamente, fugaz como el rayo y silencioso como el viento me escabullí hasta la puerta de su habitación. El guardia dormía plácidamente muchos metros más allá de su puesto asignado, apoyé mi cabeza contra la gruesa madera que protegía la entrada a su pequeño santuario, esperando escuchar algún indicio de movimiento, pero nada ocurría allí dentro. La paciencia se me agotaba, sentía ardor en mi pecho, reuní coraje y con mucha delicadeza abrí la puerta, para así no despertarla en caso de que durmiera. Para mi desagradable sorpresa, no encontré nada perteneciente a la dulce señorita. Se había marchado, al parecer, hace horas.

Profundamente ofuscado, de una patada desperté al guardia de turno, se incorporó con intenciones de golpearme, cuando lo interrumpí:
-         ¡¿Dónde está la señorita Eira?!- El guardia de todas maneras me golpeó en la mandíbula, caí bruscamente al suelo.
-         Cretino, no me corresponde a mí velar estas horas, ¿no eres tú el que debía hacerlo?
-         Mi turno fue tomado por otro anoche, ordenaron mi retirada.
-         Anoche éramos dos, aquel que debía quedarse despierto hasta el amanecer y yo.
-         ¿Y donde está ese pelmazo?
-         Tal parece que ha escapado con su señorita al bosque.- Dijo en tono burlesco.

Me vi obligado a castigar a ese hombre imprudente, le propiné un puñetazo directo al rostro, el guardia cayó inconciente. Herí mi mano al golpear también el yelmo que llevaba el hombre, de mi puño brotaba sangre como agua brota de un manantial. Una doncella que se dirigía a la habitación de la desaparecida vio horrorizada la escena, se acercó a mí y vendó mi mano herida con un pedazo de tela que había arrancado de su propio vestido. Una vez terminó de vendarme, le pregunte si sabía algo de la señorita Eira.
-         La señorita se ha marchado antes de la salida del sol.
-         ¿Y su padre? ¿Se ha enterado ya de la noticia?
-         Su padre sabía desde un principio, ¿Por qué no ha de saber a donde envía a su hija?
-         ¿Qué quieres decir con eso, mujer?
-         Lo que oíste, la señorita Eira debe cumplir con sus obligaciones de madre y de mujer, que el niño nazca fuera del matrimonio es pecado.

No recuerdo palabras más amargas o un momento más infeliz que ese en mi vida. ¿En qué momento pasó todo? Solo recuerdo que todo se cubrió de tinieblas.

Luego de varios días sin poder asimilar lo ocurrido, me di cuenta de lo ciego que fui. Sin quererlo pensé alguna vez, por al menos un segundo, que su cuerpo y su corazón me pertenecían, los cuales siempre resguardé celosamente, yendo en contra de la lealtad jurada a su nombre. Un siervo no debe tomar nada de su honrada señora, esa hermosa niña, ¡esa maravillosa mujer, nunca fue mía! Se que ella estaba conciente de lo que mi humilde corazón sentía por ella, siempre lo supo y nunca dijo nada. Tal vez por bondad, tal vez por lástima, tal vez por cariño. ¡Pobre mujer! ¡Encerrada en el calabozo de mi corazón! Ocultando su condición de ave enjaulada con su tenacidad, quizás para no herirme, para no perjudicar a su fiel acompañante, o para ocultar el vergonzoso hecho de ser la amada de un simple y mundano hombre. Tan bueno y puro es su corazón, tan bueno y puro como para negarse a sus propios deseos y  caprichos, para no perjudicar a un miserable como yo, quien nada puede ofrecer más que su fidelidad.

Vuela, ángel mío, vuela alto, más alto que cualquier ave, un siervo no debe exigir nada, solo entregar su corazón y su alma a aquella que le ampare entre sus brazos. Sin embargo, todo mi amor y devoción no pueden ocultar la falsedad de las palabras que nacieron de sus perfectos labios, ella me ha mentido, para bien o para mal, me ha mentido. La nobleza de sus actos se ha visto manchada por las mentiras, por mi culpa ella ha tenido que ensuciar su boca con putrefactas palabras. ¿Por qué no me ordenaste acabar con mi existencia si te incomodaba? Tus mentiras fueron una muestra de amor, no amor como el que yo siento, pero prefiero recibir mil puñaladas a que tú ensucies tu bello nombre

Los años han transcurrido rápido. Una vez al año, Eira visita su antiguo hogar, ahora con un pequeño y saludable niño entre sus brazos, vestida con los más ostentosos y finos trajes, y de la mano de un hombre mucho mayor que ella. Los rumores dicen que se ve hermosa, toda una mujer, no puedo hacer más que creerlos, pues nunca he visto con mis propios ojos a esa Eira. Cada vez que llega la fecha de su visita, busco cualquier excusa para no presentarme, pues si vuelvo a ver esos ojos, la herida de mi corazón se abrirá nuevamente y no podré resistir nuevamente el dolor. Moriría al verla, pero debo decir que moriría feliz, tan grande es mi deseo de encontrar de nuevo a esa joven radiante, pero mayor es el miedo de encontrar en su cuerpo a una mujer desgastada, seca, fría, vacía. Ángel mío, a veces puedo ver tu silueta en el viento, estás en el aroma dulce de los campos en primavera, en las flores, en los susurros del bosque y el la inmensidad del mar.

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