miércoles, 20 de julio de 2011

Plegarias a Morfeo

Eran las dos y media de la madrugada y aún no podía atrapar a Morfeo entre mis redes y llevarlo a la cama. Decidí apagar mi Blackberry, podría tentarme a leer mi correo, navegar por la red o cualquiera de esas tonterías que se hacen con los aparatos electrónicos cuando el aburrimiento abunda. Todo estaba en silencio, excepto mi cabeza y mi marido, sus ronquidos penetraban a través de todas las habitaciones (a pesar de eso, nunca hemos recibido quejas de los vecinos).

Aparté las cosas que estaban sobre la mesa auxiliar  y me senté en ella, contemplando al hombre con el que me casé dormir, inhalaba casi imperceptiblemente, pero exhalaba con la brutalidad de un dragón que desencadena un infierno. Su cuerpo, abultado por el sedentarismo, el mal hábito alimenticio y su ritual ingesta de alcohol los sábados en la noche con sus compañeros de trabajo se inflaba y desinflaba, parecía estar soñando plácidamente, como si no le importara que el amor de su vida no estuviese en la cama. Observaba su cara, sus líneas de expresión y sus carnosos labios, los que alguna vez me volvían loca al rozarse con los míos. Apenas tenía el tiempo para detenerme a observarlo, no había notado cuantas zanjas había dibujado en su cara el tiempo.
 
Morfeo, ¿Por qué no quieres secuestrarme otra vez? La expresión de cansancio en mi rostro ya no es atractiva, ya no es como ese reflejo de desamparo que tanto atrae a los hombres, esa expresión de damisela en peligro que busca la protección de un caballero se convirtió en una muestra patética de insomnio. Cuidadosamente me levanté y a paso ligero me dirigí a la ventana, observé la ciudad brillante, esa que nunca duerme y siempre tiene algo que revelar a los deambulantes, esa que esconde perversos secretos y atroces crímenes. Siempre quise cometer un crimen grave, y luego huir a algún país asiático y dedicar mi vida a salvar a los animales en peligro de extinción, pero heme aquí, funcionaria del sistema, impecable labor.

Me levanto todos los días a las 7:45 de la mañana, mi marido se levanta a las 7:30, por lo que siempre el café esta caliente cuando me voy a servir. Luego, él se va mientras termino mi desayuno, se despide con un beso express y en ese instante comienza mi gran momento: enciendo el equipo de música y sin importar qué canción estén tocando, me pongo a bailar y brincar como una adolescente frente al gran espejo que está en la habitación, es el momento más divertido y gratificante del día (tampoco hemos recibido quejas de los vecinos por eso). Una vez bajo del escenario, mi rostro de rockstar cambia al de una importante administrativa, haciendo relucir el collar blanco que llevo con orgullosa repulsión.

Ya no quiero seguir recordando el resto del día, no vale la pena recordar algo que millones de personas adquieren como rutina, mejor dicho, adquirimos. Me centro nuevamente en mi incapacidad para dormir, no me percaté y ya son las tres y un cuarto de la madrugada. Conozco cada rincón de mi hogar, sin encender las luces caminé al living, saqué de una gaveta de los muebles una cajetilla de cigarros, los escondo allí porque temo que alguien hurte mis cigarros, esa cajetilla es lo único que es total y completamente mío. Ni mis objetos personales, ni la ropa, ni mis perfumes y joyas son de mi exclusivo deleite, están escogidos y destinados a que les agraden a terceros: a mi esposo, a mis colegas, al mundo. Aquí en la oscuridad no debo complacer a nadie, aquí en la oscuridad puedo echar humo como se me dé la gana, sentarme cómodamente aún usando ropa ligera, aquí en la oscuridad no hay ojos que miren, jueces que evalúen, ni intenciones de ver bajo mi delgado Baby Doll rojo carmesí marca Victoria’s Secret. Aquí en la oscuridad no existen las marcas, los nombres, las caras, las apariencias, el calor. Aquí en la oscuridad, soy libre.

Morfeo, ¿Eso es lo que quieres? ¿Buscas darme momentos de libertad? Querido Morfeo, amado Morfeo, tus intentos son inútiles, me das momentos de paz que son ensuciados con el pesar del día a día, y eso es algo que ninguna deidad podrá resolver. La divinidad hoy en día, al igual que la vida entera, es un bien de consumo, un producto en el que muchos invierten cantidades absurdas de dinero y esfuerzo tratando de obtener un poco de esperanza, sin darse cuenta que a sus costados todo esta peor que antes. La boca me sabe amarga, mis manos están frías y mis ojos ya empiezan a arder, es hora de que me bendigas con el dulce descanso.

Apagué mi cigarro en uno de esos platos decorativos de porcelana fina que mi suegra me regaló el día de mi  matrimonio con su hijo, que regalo más inútil, quizás quería decirme “No eres lo suficiente para ser la mujer de mi hijo, ten, mujer, un plato fino para que tengas entre tus penosos platos de imitación”. Siempre odié a esa mujer, nunca aceptó que su hijo creció, y nunca aceptó el hecho que usara su pene para otra cosa que no fuera orinar, nunca ninguna mujer va a ser lo suficientemente apta (con apta me refiero como ella) para, además de cuidar y mimar a su bebé grande, fornicar con él. Maldita Yocasta.

Fornicar, hacer el amor, que poco usadas estas palabra, en mi vida actual lo único que interesa que se levanten son las ventas y los sueldos. El lívido es ahogado con compras y postres elegantes, y ni pensar en el orgasmo, es algo utópico en este mundo, en el mundo de los impuestos. Es bastante curioso, porque una de las mayores estrategias en la publicidad es apelar a la sexualidad del consumidor, modelos con poca ropa y exagerados atributos, largos cabellos rubios platinados y caras tan maquilladas que no se reconoce a un ser humano tras ese rimel y base. Conozco muy bien ese mundo, vivo de ello, vivo de las apariencias y de convencer a la gente de que lo que escuchan y ven son lo que realmente quieren.

De pronto, todo se detuvo en aquellas últimas palabras que cruzaron mi cabeza: “lo que realmente quieren”. ¿Y qué es lo que realmente quiero yo? Lo tengo todo, o al menos lo tuve alguna vez. Recuerdo cuando malgastaba mis días de juventud despreciando todo, pateando el muro en vez de rodearlo, no me daba cuenta que en ese momento, yo lo tenía todo: juventud, familia, amor, satisfacción, emociones… sobre todo, sentía.

Mi existencia es infeliz. Tal vez algún día me de cuenta que sí soy feliz, en muchos años, cuando me haya quedado vieja y sola, sin engendrar un hijo y sin marido, con una basura de pensión, esperando a que sea Tánatos y no Morfeo quien me abrace eternamente. Ese día sin dudas anhelaré estos años malgastados, me arrepentiré de no haberme montado sobre mi esposo esta noche y haberle gritado “¡Hagamos el amor como en nuestra primera noche!”, me arrepentiré de nunca haber dejado esta mugrienta ciudad, o al menos este odioso departamento (quizás eso sí hubiese molestado a los vecinos).

Entré nuevamente a mi habitación, perdón, nuestra habitación, con un sigilo felino me escabullí entre las sábanas, una vez apoyé la cabeza contra el almohadón de plumas, sentí un gran alivio, al fin mi mente se silenció. Ahora lo único que hacía ruido eran los ronquidos del hombre junto a mí, los cuales ya ni percibía. Pensé en abrazar ese bulto de carne que una vez fue mi marido, pero no lo hice por miedo a  despertarlo. El darme cuenta de lo patética que es mi vida, y que seguirá así hasta el último de mis días, fue mucho menos doloroso de lo que pensé, quizás ya acepte mi destino, o simplemente ocurrió con ello lo mismo que pasa con todo: “Da igual, pasará”

Lentamente el sueño se apoderaba de mi, en mi agonizante lucidez, de un segundo a otro rompí en llanto silencioso, rogando: “Por favor, que este almohadón sea de las mismas plumas que las del cuento de Quiroga, que esta maldita vida sea un sueño y realmente sea víctima de un sacrificio humano… Morfeo, te lo ruego, apiádate de mí y nunca me hagas despertar. Sálvame, amado mío, sálvame”