lunes, 26 de marzo de 2012

Cantaré

El reino de los perdidos
La angustia de mil amantes
Intentando no desvanecer esa esencia mística
Atrayente, ensordecedora

Admírenlos, aclámenles
Que poco queda para entregar
Mientras el peso del silencio revienta los labios
Infinitos se hacen los gemidos negros

Adormecidos nuestros párpados
Me entrego a la suerte de los perros
Mientras te despojas de los tres mundos
Mi boca arde y seca

Caminos traslúcidos entre tus brazos
Cuando los míos no tienen dirección
Queriendo reposar en tu seno
Delirante, sin afecto

Bebe y traga la llave de mi encierro
Añádele hielo, trago frío y amargo
Mientras la noche se encarga de
Encubrir las risas maliciosas

Ella mira desde el umbral de la puerta
Ojos inmensos como flechas acuosas
Tela de humo, cintas sucias
Sujeta su tosca mano el atril

Y abre la herida de su rostro
Y mariposas multicolores se dan a la fuga
Y  se incineran en el aire
Y pierden su destino, silencian

domingo, 18 de diciembre de 2011

Ramón

Abrí de par en par las puertas que daban al largo pabellón, las luces de neón emitían un titileo constante, se escuchaba el murmuro apagado de las enfermeras, quienes se aferraban unas a las otras para no hundirse en el mortal y gélido silencio de las habitaciones de los futuros muertos.

No moví un solo musculo cuando me reveló su triste destino: el tumor cancerígeno que afloraba en su pecho le asfixiaba a cada segundo. Dios quisiera que aquel túmulo demoniaco le matara de una vez y sin dolor, pero así no son las reglas del juego, un suplicio insoportable le esperaba. Y yo no sentí una gota de lástima al respecto.

Ramón fue, hace tiempo, el hombre con el que quería pasar el resto de mi vida. Sus defectos no hacían más que realzar el natural encanto del simpático y cariñoso hombre que alguna vez fue. Nunca fue muy atractivo, pero su gran boca podía más que el físico y el intelecto de algunos; sus ojos verdosos, a pesar de ser algo tenebrosos, en lo profundo brillaban con una chispa radiante.

Incluso cuando nos reencontramos hace tiempo, en una noche fresca de otoño, sus gestos y halagadoras expresiones lograron romper con facilidad el muro de hielo que había construido con el pasar de los años, mas como aprende el pez a huir del arpón, su simpatía y tierna sonrisa no me engañaron, sabía exactamente qué cruzaba por su gran cabeza y cuáles eran sus maquiavélicas intenciones. Le conozco muy bien, sé cifrar su lenguaje.

Nuestros encuentros son una ridícula obra teatral, donde todo parece estar ya escrito, de plástico, y nada me asombra o me es inesperado. Sabía de memoria los parlamentos: él entra en escena con sus lamentos e insinúa ser fuerte, yo lo escucho; él habla sobre sus quijotescas vivencias , yo lo escucho; él intenta mantener mi cuerpo cerca, bajo control, y yo lo escucho; pretendo resistir torpemente; abro la boca y su voluntad y fortaleza caen al suelo con el peso de mis palabras; teniendo la oportunidad de ponerle un final definitivo a la historia, de degollar al guerrero caído, no lo hago. Muestro piedad; él se cree dueño del mundo por este gesto; le dejo creer, con la esperanza de que se aburra. No lo hace; desaparezco hasta una próxima función. Era exactamente igual cada vez.

Me contactó mediante un mensaje de texto, no tengo idea de dónde sacó mi número. Sin más detalles me convocó a una cita con él en el café Mora, sabía que si me rehusaba no sería cómodo estar esquivando el contacto con él los próximos días, mejor acabar con la función de una vez por todas.

No tuve tiempo para arreglarme o cambiarme de ropa, pues ese día salía tarde del trabajo. Si no mal recuerdo, vestía una falda no muy provocativa, pero muy elegante,  zapatos de tacón y una preciosa blusa amarilla, la cual había comprado esa misma semana, un abrigo color caoba y joyería de plata bastante simple. Lo necesario para sobrevivir a una jornada trabajando con los lobos.

Llegué al lugar de encuentro unos minutos antes, si algo debo reconocer en Ramón es un impecable puntualidad, pareciera ser de descendencia inglesa. Pedí un café cortado y unos dulces árabes, a pesar de mi desagrado por comer antes que los demás, significarían un mensaje para él.

Se abrió la puerta del café a las 19:29, y entró un hombre alto, macizo, de tez blanca, ojos verdes y melena ondulada, vestido completamente de negro, a excepción de la camisa blanca que usaba debajo de su saco. Era Ramón, por supuesto. Clavándome la mirada, se encamino hasta la mesa, en donde me servía mi café pretendiendo no haber notado su llegada. Antes de tomar asiento se acercó a mi silla y me saludó:
            - Hola, tanto tiempo – Inclinó su cuerpo hacia el mío, esperando recibir un beso en la mejilla como saludo.
- Hola Ramón – Le sonreí – Toma asiento, por favor

 Me miró con aire ofendido y luego se sentó. Inició la conversación con un agradable elogio a mi persona.
-Te ves muy linda, pero hay un gran pero, te ves mucho mayor, y no te corresponde. Además, sabes que no me gusta el amarillo, creo que es un color ordinario. Yo sigo vistiendo como antes.
- Lo hago a propósito, me gusta verme mayor. Y bueno… a mí me gusta el amarillo.

Él era siete años mayor que yo, aunque ahora la diferencia de edad no era tan notoria. Cuando nos conocimos yo era una niña de dieciséis años, y él un joven de veintitrés, por lo que siempre me tachó de infantil, a veces para encubrir su propia inmadurez. Ramón solía volver a los años de irresponsabilidad y despreocupación cuando estábamos juntos, mientras yo caminaba en el sentido opuesto. Yo quería crecer, madurar, hacerme responsable de mi vida y de mis logros.

Ramón solía relatarme sus hazañas y locuras de temprana  juventud, me contaba cómo malgastaba las horas y los días bajo los efectos de diversas drogas, cómo logró encamarse con la mujer más difícil de su localidad natal; me relataba entre risas cómo perdió sus estudios universitarios debido a su alocado estilo de vida. Siempre recibía una mirada de desaprobación de mis ojos, pero de mis labios y de mis manos se escapaban inevitablemente la comprensión y el consuelo maternal.

Llamó a la mesera y ordenó una porción galletas y un café grande, mientras devoraba con la mirada los abundantes atributos de la señorita buena moza que le atendía amablemente.

                -¿No quieres nada? – Me preguntó.
                -Aún no termino lo mío, gracias – Procuré que el café y lo poco que me quedaba de dulces árabes me durara el mayor tiempo posible.
                -Cuando quieras algo, me avisas.
                -Bueno… ¿para qué me llamaste? – Quise sonar lo menos alterada posible, el hecho de tenerlo en frente ya me perturbaba un poco.

Dio un suspiro y me miro directo a los ojos, tratando de despertar mi nerviosismo, pero al parecer mi mirada en ese instante era más dura que la suya. Desistió.

                -¿Recuerdas cuando conversamos la última vez? Te dije que el resultado del examen salió negativo. Hace poco me hice otros exámenes en otra clínica y… - Hizo una breve pausa, suspiró y luego continuó - … no sé qué hacer.
                -¿Cuál es el diagnóstico del doctor?
                -Voy a morir de cáncer.
                - Por favor, Ramón, eso no te dijo el doctor. Dime lo que te dijo.
                -Que tengo cáncer al riñón. Mi madre está destrozada, quiere llevarme a Alemania con sus hermanos para que me traten allá. Estaré viajando para los primeros días de Enero.

Mi rostro permaneció impasible, al igual que mi corazón. Ya no tenía certeza de la veracidad de las palabras de ese hombre, realmente no me importaba creerle o no, simplemente le escuchaba. Su búsqueda de alguna respuesta en mi rostro se transformó lentamente en una contemplación, al darme cuenta de lo profundo de su mirada me puse nerviosa, él se percató. Sonrió para sí disfrutando su pequeña victoria.

                -Es una lástima… - agregué – ¿Y qué piensas hacer ahora?
                -Pues marcharme a Alemania, claro. Me inscribí en la universidad, planeo terminar lo que empecé y…
                -Cuida que no se topen las fechas de tu titulación y de tu funeral… - Ese comentario me salió del alma, claramente he guardado un resentimiento no reconocido hacia Ramón, pero nada tan grave como para desearle la muerte. Añadí una risotada burlesca para amenizar la aguda frase.
                -Eres malvada – Se rió.
                -¿Qué quieres que haga? ¿Qué milagrosamente cure tu cáncer, te salve de las garras de la muerte y te entregue todo para que seas feliz? A todos nos toca morir de una u otra manera, una lástima que te toque tan joven y que no hayas apreciado tu vida hasta ahora.
                -¿Puedo aceptar la última propuesta?
                -No.
                -Pues creo que sí es posible –Rió nuevamente, reí con él.

Habíamos tenido encuentros anteriormente, a veces simples charlas, a veces batallas campales entre las sábanas de un motel barato. Él me llamaba y yo estaba allí, nunca entendí bien el porqué, siempre tuve claro lo que él buscaba. Nunca me entregué indefensa, pues tenía mis armas bajo la manga, disfrutaba escapar de él cuando se sentía seguro conmigo, de alguna manera extraña, me hacía sentir especial, única. Ramón se sentía gozoso al estar a punto de atraparme entre sus redes, yo le robaba ese placer, por dentro reía mientras miraba su cara enlodarse con la decepción de un amor frustrado. No había frenado nunca estos encuentros insanos, aun cuando Ramón en nuestros años de pareja me había apuñalado por la espalda en varias ocasiones.

La mesera trajo su pedido, su llegada fue más coqueta y cautivadora que antes, pues ya tenía la certeza de que los ojos de Ramón estaban posados sobre su carne, y si tenía suerte, su bello cuerpo le brindaría una propina extra. Antes de marcharse, Ramón pidió una botella de jugo natural.

                -Para la dama, por favor – Cómicamente imitó a los galanes de las grandes pantallas con sus gestos faciales, luego añadió – Y… ¿qué es de tu vida? ¿Planes? ¿Romances?
                -Por supuesto, tengo pensado arrendar mi departamento y comprar una casa. En cuanto a romances… es algo extraño, en el aire, nada concreto.
                -Entonces estás con alguien.
                -No, es eso, lo que pasa es…
                -No me engañas – Estaba serio, casi enojado.
                -¿Celoso?
                -Sí.
                -No deberías estarlo.
                -Lo sé.
                -¿Qué tal tú? ¿Alguna Dulcinea?
                -Tengo un par de muchachas a la siga, bellísimas, jóvenes y deseosas; pero tal como le dije a una, si quisiera lucirme con una muñeca perfecta, mejor me compro un cuadro y me lo cuelgo en la espalda. No me nace tener algo con ellas, casi ni me excitan. A veces pienso que estoy mejor solo, pero necesito a alguien a quien contarle ciertas cosas, cosas como esta. Eres la única persona que sabe escucharme, que me entiende y que no dice solamente lo que quiero escuchar. Necesitaba verte.

“Aquí va de nuevo” pensé. No le respondí, lo miré y le di el último sorbo a mi café. La mesera posó sobre la mesa la botella de jugo y se retiró, seguida por la mirada hambrienta del sujeto frente a mí. No toqué la botella, no aceptaría nada de parte de Ramón.

                -Ya me viste, ¿eso es todo? Tengo cosas que hacer en casa.
                -No, quiero que te quedes un rato más.
                -A sus órdenes, mi señor. – Dije en un tono sarcástico. Me levanté de la mesa, tome mis cosas y me marché.

No me fui porque me sintiera ofendida, ni porque realmente tenía cosas que hacer, sabía exactamente cuál sería la respuesta a esa acción. No alcancé a cruzar la esquina y escuché a la distancia un grito:
                -¡Alondra!

Recuerdo que por mis labios se deslizó una sonrisa maliciosa. Me sentía fuerte, poderosa, como cada vez que me encontraba con Ramón, pero esta vez no fingía ser la victima ni la pobre ave enjaulada,  esta vez era yo quien manipulaba físicamente a Ramón. Si quería hacerle correr, simplemente debía correr; Si quería verle quebrarse, debía desaparecer y observar a escondidas.

Escuché el golpeteo de sus zapatos acercándose rápidamente, una oleada de adrenalina se apoderó de mí y empecé a correr. Corrí y corrí sin saber a dónde, lo único que me importaba era escuchar como Ramón me seguía a duras penas y como agitadamente gritaba mi nombre: “¡Alondra!... ¡Alondra!” 

Corría como el viento,  donde sea que fuese Ramón estaba allí, como una sombra. Quería zafarme de esa sombra, de esos recuerdos amargos, de esas caricias forzadas, de esos insultos desparramados en mi cuerpo, de esas lágrimas secas, de esos besos sofocantes, de esa persona que solía ser yo, de la débil Alondra, de la tonta Alondra.

Mi cuerpo no resistió muy bien la carrera, los tacones y el sedentarismo no me ayudaron para nada, tuve que detenerme. Me metí en un centro comercial y me oculté entre la multitud. Miré un par de veces hacia atrás para ver si Ramón aparecía, más de una vez pude ver una figura espectral vestida como él paseándose entre la masa, era solo mi imaginación. No lo vi. Luego de merodear un rato entre la gente, decidí irme a casa.

Tomé una ducha caliente y me preparé la cena, prendí la televisión para no sentirme tan sola. Esa noche no pude dejar de pensar en qué hubiera pasado si yo no hubiese huido, o si él me hubiese alcanzado. ¿Me hubiera abrazado? ¿Besado tal vez? ¿Estará enojado o deprimido ahora mismo? De alguna manera extraño la sensación de un beso, de una caricia, de compartir una cama. Podría haber sido con Ramón, o con cualquier otro, lo importante es la sensación. Pero Ramón, al parecer, buscaba algo más… ¡Mentira! Siempre ha hecho lo mismo, su boca mentirosa, su boca seductora siempre está llena de palabras de cartón, imitación barata de un sentimiento. No es nada, nada, nada, absolutamente nada.

Nada, como lo que siento en mi pecho. Un vacío. Un hambre de autenticidad. Nada.

Pasaron las semanas y los meses, como es de costumbre, no volví a tener noticias de Ramón. Encontré una pareja casual, lo veía de dos a tres veces a la semana. Todo marchaba regularmente, vivía en un tiempo inerte, como si todos los días fueran de la misma semana.

No recuerdo cuánto tiempo pasó desde la última vez que vi a Ramón. Un día como cualquiera, recibí una carta suya, decía:

“Alondra:
Necesito verte por última vez, por favor. No puedo salir, necesito que vengas tú a visitarme. La dirección está en el sobre. Espero que vengas.

Ramón”

Busqué por Internet la dirección que aparecía en el sobre, resultó ser el Hospital San Juan de Dios. Mientras tomaba una ducha antes de salir, pensaba: “¿Por qué he de ir? No somos “nada”, pero el confía en mi, o al menos lo aparenta, quizás me inyecta así un motivo para acudir a su llamada. No, no quiero ir, yo soy la que tiene el control, ya no soy nada suyo, no soy su mascota. Ya no más”. De un instante a otro, me sorprendí a mi misma en la puerta del hospital. Le hablé a la señora de la recepción:

                -Buenas tardes, la habitación de Ramón Herrera, por favor.
                -¿Pariente, pareja o amistad?

No le respondí, le mostré la carta que me escribió. La señora me quedó mirando un par de segundos y luego añadió:
                -Ala Oriente, tercer piso. Pregunte por la habitación 508.
                -Muchas gracias.
                -Suerte, jovencita. Que Dios la acompañe.

Abrí de par en par las puertas que daban al largo pabellón, las luces de neón emitían un titileo constante, se escuchaba el murmuro apagado de las enfermeras, quienes se aferraban unas a las otras para no hundirse en el mortal y gélido silencio de las habitaciones de los futuros muertos. En la habitación 508 estaba Ramón, esperándome.

Me impactó verlo en tal estado, postrado en una cama de hospital y con diversos tubos saliendo de su cuerpo. Las sábanas, delgadas como papel, estaban perfectamente estiradas, como si Ramón no hubiese hecho un solo movimiento en toda su estadía. En su cabeza quedaba al descubierto la sombra de lo que fue su melena ondulada, sus ojos estaban perdidos en el infinito, ya no brillaban, ya no miraban. Estaba esquelético, débil, indefenso, desamparado. Siempre vi a Ramón como alguien fuerte, alguien que era capaz de hacerme luchas con todas mis fuerzas, pero ese Ramón ha muerto aquí, en este preciso instante.

Tardó un par de segundos en darse cuenta de mi presencia, estábamos solos. Posó sus ojos muertos en los míos, débilmente me habló:

                -Pensé que no vendrías... 
                -Pensaste mal. – Me quedé sin palabras, sentía lástima por el personaje que estaba en esa cama, no pena ni tristeza.
                -Me ha tomado rápido… no me he cuidado nada… mejor vivir rápido a morir lento. – Sonrió. Se quedó sin aliento, pausó unos instantes y luego siguió.- Aquí estoy… esta es mi persona, soy Ramón.
                -No por mucho – Esas palabras suyas fueron las mismas que dijo el día en el que lo conocí.
                -No… Alondra
                -¿Dime?
                -¿Por qué... corriste ese día?
                -No lo sé, Ramón, simplemente lo hice.
                -Ya veo…
                -Así es.
                -Alondra
                -¿Dime?
                -Gracias
    -¿Por qué?
    -…Perdóname.


Ramón cerró sus ojos y no pudo hablar más, había quedado exhausto. Su pulso empezó a disminuir, sonó la alerta del cardiograma. Una enfermera entró rápidamente, me empujó hacia atrás y lo examinó. Me había congelado por unos instantes, temblaba de miedo, el agudo chillido del cardiograma me apuñalaba el estómago. La alarma se silenció.

-No se preocupe, está bien. Demasiada emoción por un día, tengo que pedirle que se retire.
-No hay problemas, gracias.

No fui capaz de pensar en nada hasta encontrarme fuera del hospital. Me marché pensando en sus últimas palabras.“Perdóname”, nunca lo había escuchado decir algo así, de esa manera tan sincera. Lástima que en el ocaso de su vida se mostraran tales estrellas. Una lástima, realmente. Antes de llegar a mi departamento, pasé por el café Mora, pedí unos dulces árabes y un café cortado.
                -¿Para servir o para llevar?
                -Para llevar.

domingo, 9 de octubre de 2011

Gotas de miel

 Si ella falleciera hoy, estoy seguro de que descansaría por siempre en los campos elíseos, incluso habiendo cometido pecado, todos los dioses paganos y cristianos la perdonarían, y gustosos la ampararían en su regazo. Nadie, nadie en su sano juicio podría querer tomar represalias contra ella, o herir intencionalmente a tan bella criatura. Se llama Eira, nombre designado por su padre, un hombre de gran influencia, y por sobre todo, de gran riqueza.

Eira era una muchacha gallarda, de mirada dura y firmeza inquebrantable, no necesitaba infundir temor para ganarse el respeto de sus pares y sus superiores como su padre lo hacía, pues su delicado y ligero andar deslumbraba a todo aquel que la veía, y su impecable elocución hacía del mensaje más banal algo exquisito y refinado, lo que despertaba gran admiración y respeto entre los nobles y eruditos. Su belleza era muy poco común, su piel era tersa como el terciopelo y de una hermosa tonalidad mate, su cuerpo de mujer empezaba a florecer armoniosamente con el paso de los años. Sus cabellos eran largos y del color de la fruta madura del olivo, ondulaban gráciles ante la brisa marina. Sus ojos, ¡sus incomparables ojos!, almendrados y profundos, de un color miel intenso, al mirar directo a sus ojos no había hombre capaz de permanecer impasible.

Tuve el honor y la bendición de servirle fielmente desde mi niñez, la acompañé en sus primeros pasos y me encargué de escoltarla en todos sus viajes. Desde siempre fue una hermosa y educada dama, con el pasar de los años empezó a cultivar su vida privada y su intimidad, dejando gradualmente de lado  las charlas conmigo y con sus doncellas sobre las cosas simples de la vida. Puedo contar con los dedos de una sola mano las veces que la vi realmente perturbada, una oportunidad fue cuando su respetable madre falleció. Nunca fue alguien entregada a las pasiones.

La amaba, mas no la deseaba. Mi lealtad hacia ella era infinita, y mi respeto más alto que los colosos. Verla salir de su habitación,  radiante como el más brillante de los soles, era mi razón para despertar cada día. Muchos pretendientes, la mayoría de ellos patanes tras la fortuna de su padre, se le acercaban y trataban de seducirle con las más ingeniosas historias de ultramar, pero ella los rechazaba altiva. Yo siempre estuve cuidando sus espaldas en esos momentos, nunca permitiría que alguien pusiera sus manos sobre su delicada piel sin su previo consentimiento, juré ante el mar y los bosques protegerla de todo mal.

Desde su decimonovena primavera, sus ojos, joyas misteriosas, cada día se apagaban y se volvían más tristes, me carcomía por dentro el no saber el por qué de su pesar, la dama serena estaba sufriendo, sin dudas. Interrogué muchas veces a sus siervas, mas el desconocimiento de ellas era mayor que el mío, incluso algunas no habían notado lo extraña que estaba la señorita Eira hasta que les pregunté sobre el tema, otras simplemente me ignoraban. Hasta altas horas de la noche, ella se quedaba deambulando de un lado a otro en su habitación, desde fuera podía escuchar como revolvía sus pertenencias y movía sus muebles, susurraba y conversaba consigo misma (imposible descifrar qué escuchando desde fuera de la habitación) y luego, venía el silencio. Nunca sabré si realmente se dormía o simplemente callaba hasta el amanecer.

Una tarde, mientras la escoltaba a ella y a sus doncellas a recoger flores al campo, se detuvo repentinamente y ordenó a sus siervas dejarnos a solas por un momento. Me llamó por el nombre que ya he dejado de lado y me dijo muy seria:
-         Quiero que esta noche bajes mis pertenencias, mis doncellas las tendrán listas para cuando se oculte el sol. Que nadie te vea.
-         Haré lo que usted ordene.- Vacilé unos segundos y retomé.- ¿me permite saber el por qué? – Parecía sorprendida ante mi osadía.
-         ¿Debo yo responder a eso?
-         Preocupación profunda he sentido hace semanas por su inusual comportamiento, bien sabe usted que obedeceré sin objetar todo lo que usted ordene, su bienestar es mi mayor preocupación.
-         Siempre has cuidado de mi – pronunció nuevamente mi maldito nombre – has sido leal, mereces saber lo que ocurre, la verdad.- Hizo un ademán ordenándome sentarme, así lo hice.

Se sentó junto a mí y usó mi hombro como su apoyo, hace años que no tenía tan cerca su cuerpo, sus cabellos, oscuros como las sombras, parecían ser tan livianos como la seda, sentía su calidez mientras me embriagaba su aroma parecido al de las gardenias. Me confesó que quería marcharse a otras tierras, gobernadas por familiares de su madre, pero su padre no lo permitiría. Le pregunté por el motivo de su decisión, guardó silencio un par de segundos y luego agregó:
-         Los árboles pierden sus hojas al llegar el otoño. – Me miró con sus fuentes de miel – Temo que mi otoño ha llegado.

Por casualidad, rocé mi mano con la suya, a pesar de la calidez que sentía en su cuerpo, sus manos estaban frías, secas, como las rocas. Jamás en todos los años junto a ella había sentido sus manos así, jamás en todos mis años de vida había sentido unas manos así. Un océano de pensamientos y dudas inundaron mi cabeza: ¿Podrá ser que tenga un amor imposible en esas tierras lejanas? ¿Quizás su vida ha sido infeliz, o tal vez monótona? No, ella solía sonreír sincera, ¿entonces alguien le estará haciendo daño? ¿A quién debo degollar para ver a mi amada radiante nuevamente? ¿Querrá algo que se encuentra en otras tierras? Pues yo cruzaré los mares y los infiernos para traérselo. ¿Se habrá aburrido de ser la niña protegida de su opulento padre? ¿Será de mí de quien se ha aburrido? Dios mío, ¿que habré hecho para molestarle? Ya no es la niña de antes, quizás ya no quiere que la traten como tal, no necesita a alguien cuidándola y atendiéndola todo el tiempo. Soy un desconsiderado.

Su cara de ángel se impregnó de tristeza. Unas gotas de miel querían salir de sus ojos, pero su innata terquedad se lo impidió, sus hombros, a estas alturas del año tostados por el sol, temblaban. Mi boca no podía articular palabra alguna, no supe en ese entonces cómo reaccionar ante su fragilidad. El sol empezó a hundirse en el horizonte, sus siervas decidieron que ya era hora de llevar a la joven a su hogar. Al encuentro con las doncellas, su semblante se endureció, sus ojos, antes estanques de miel, ahora eran duras piedras color ámbar. Las llevé de vuelta tras los muros fortificados.

Eira no dirigió mirada alguna sobre mí esa noche. Se retiró a sus aposentos, y cuando la seguí para iniciar mi turno de guardia, sin voltearse a mirar, ordenó mi retirada. Otro hombre tomó mi lugar y, con el rabo entre las patas, me retiré a mi habitación. Esa noche fue una de las más largas de mi vida, esperé a que saliera el sol, me apresuré y salí al exterior, vigilando su ventana. Estuve varios minutos esperando a que la diosa de mis pensamientos se asomara por la ventana en búsqueda del aire matutino. Nunca se asomó.

Entré nuevamente, fugaz como el rayo y silencioso como el viento me escabullí hasta la puerta de su habitación. El guardia dormía plácidamente muchos metros más allá de su puesto asignado, apoyé mi cabeza contra la gruesa madera que protegía la entrada a su pequeño santuario, esperando escuchar algún indicio de movimiento, pero nada ocurría allí dentro. La paciencia se me agotaba, sentía ardor en mi pecho, reuní coraje y con mucha delicadeza abrí la puerta, para así no despertarla en caso de que durmiera. Para mi desagradable sorpresa, no encontré nada perteneciente a la dulce señorita. Se había marchado, al parecer, hace horas.

Profundamente ofuscado, de una patada desperté al guardia de turno, se incorporó con intenciones de golpearme, cuando lo interrumpí:
-         ¡¿Dónde está la señorita Eira?!- El guardia de todas maneras me golpeó en la mandíbula, caí bruscamente al suelo.
-         Cretino, no me corresponde a mí velar estas horas, ¿no eres tú el que debía hacerlo?
-         Mi turno fue tomado por otro anoche, ordenaron mi retirada.
-         Anoche éramos dos, aquel que debía quedarse despierto hasta el amanecer y yo.
-         ¿Y donde está ese pelmazo?
-         Tal parece que ha escapado con su señorita al bosque.- Dijo en tono burlesco.

Me vi obligado a castigar a ese hombre imprudente, le propiné un puñetazo directo al rostro, el guardia cayó inconciente. Herí mi mano al golpear también el yelmo que llevaba el hombre, de mi puño brotaba sangre como agua brota de un manantial. Una doncella que se dirigía a la habitación de la desaparecida vio horrorizada la escena, se acercó a mí y vendó mi mano herida con un pedazo de tela que había arrancado de su propio vestido. Una vez terminó de vendarme, le pregunte si sabía algo de la señorita Eira.
-         La señorita se ha marchado antes de la salida del sol.
-         ¿Y su padre? ¿Se ha enterado ya de la noticia?
-         Su padre sabía desde un principio, ¿Por qué no ha de saber a donde envía a su hija?
-         ¿Qué quieres decir con eso, mujer?
-         Lo que oíste, la señorita Eira debe cumplir con sus obligaciones de madre y de mujer, que el niño nazca fuera del matrimonio es pecado.

No recuerdo palabras más amargas o un momento más infeliz que ese en mi vida. ¿En qué momento pasó todo? Solo recuerdo que todo se cubrió de tinieblas.

Luego de varios días sin poder asimilar lo ocurrido, me di cuenta de lo ciego que fui. Sin quererlo pensé alguna vez, por al menos un segundo, que su cuerpo y su corazón me pertenecían, los cuales siempre resguardé celosamente, yendo en contra de la lealtad jurada a su nombre. Un siervo no debe tomar nada de su honrada señora, esa hermosa niña, ¡esa maravillosa mujer, nunca fue mía! Se que ella estaba conciente de lo que mi humilde corazón sentía por ella, siempre lo supo y nunca dijo nada. Tal vez por bondad, tal vez por lástima, tal vez por cariño. ¡Pobre mujer! ¡Encerrada en el calabozo de mi corazón! Ocultando su condición de ave enjaulada con su tenacidad, quizás para no herirme, para no perjudicar a su fiel acompañante, o para ocultar el vergonzoso hecho de ser la amada de un simple y mundano hombre. Tan bueno y puro es su corazón, tan bueno y puro como para negarse a sus propios deseos y  caprichos, para no perjudicar a un miserable como yo, quien nada puede ofrecer más que su fidelidad.

Vuela, ángel mío, vuela alto, más alto que cualquier ave, un siervo no debe exigir nada, solo entregar su corazón y su alma a aquella que le ampare entre sus brazos. Sin embargo, todo mi amor y devoción no pueden ocultar la falsedad de las palabras que nacieron de sus perfectos labios, ella me ha mentido, para bien o para mal, me ha mentido. La nobleza de sus actos se ha visto manchada por las mentiras, por mi culpa ella ha tenido que ensuciar su boca con putrefactas palabras. ¿Por qué no me ordenaste acabar con mi existencia si te incomodaba? Tus mentiras fueron una muestra de amor, no amor como el que yo siento, pero prefiero recibir mil puñaladas a que tú ensucies tu bello nombre

Los años han transcurrido rápido. Una vez al año, Eira visita su antiguo hogar, ahora con un pequeño y saludable niño entre sus brazos, vestida con los más ostentosos y finos trajes, y de la mano de un hombre mucho mayor que ella. Los rumores dicen que se ve hermosa, toda una mujer, no puedo hacer más que creerlos, pues nunca he visto con mis propios ojos a esa Eira. Cada vez que llega la fecha de su visita, busco cualquier excusa para no presentarme, pues si vuelvo a ver esos ojos, la herida de mi corazón se abrirá nuevamente y no podré resistir nuevamente el dolor. Moriría al verla, pero debo decir que moriría feliz, tan grande es mi deseo de encontrar de nuevo a esa joven radiante, pero mayor es el miedo de encontrar en su cuerpo a una mujer desgastada, seca, fría, vacía. Ángel mío, a veces puedo ver tu silueta en el viento, estás en el aroma dulce de los campos en primavera, en las flores, en los susurros del bosque y el la inmensidad del mar.

Mi extraño paisaje

El texto original fue escrito el 29 de mayo del 2010

Abro mis ojos lo más que puedo, pero aun así, no puedo verlo. ¿Dónde está? Ha desaparecido de un segundo a otro, después de un violento remezón. No, no lo encuentro, pero es imposible que se haya ido.

Lo siento, si no estuviera no podría estar de pie. Miro lo más atentamente posible, ¿dónde está? El piso ha desaparecido… ¿Y las paredes? No es posible, deben estar allí, en alguna parte… lo sé.

Es extraño, no veo ni paredes ni piso, ni techo ni límites, aun así, no estoy cayendo. Es una sensación liberadora… ¡Soy libre! Libre, libertad, puedo volar… volar… ¿Volar a dónde? ¿Volar junto a qué bandada de pájaros? No veo nada… Ni piso, ni techo, ni cielo, ni tierra, ni gente, ni soledad. Ni oscuridad ni luz. ¿Dónde estoy? Aquí. ¿Aquí dónde? No lo sé.

Debo bajar, o debo subir, a algún lado, rápido, antes de que me convierta en lo que veo. No sería tan malo convertirme en eso, ¿o quizás sí lo es? Aferrarme a algo tal vez. No, eso es lo que me llevó a esto, pero si no me aferro, me atrapará. Aférrate, aférrate. ¿A qué? ¿A mí misma? Aferrarse no es bueno.

Toma lo que tienes, con tus manos crea algo. No veo mis manos… ¡ah! Aquí están. Tomaré la nada y la convertiré en todo. Estoy rodeada de todo, pero no veo nada. ¿No lo ves? Todo eres tú. Eres todo lo que te rodea, estás saturada de todo. Todo, sí, todo está aquí. Cierro mis ojos, lo más que puedo, y ahora puedo ver. Puedo verme a mi misma, ahora veo todo. Soy piso, soy techo, soy cielo, soy tierra, soy gente, soy soledad. Soy oscuridad, soy luz. No podré huir de este paisaje nunca más, este, mi extraño paisaje.

domingo, 2 de octubre de 2011

Al viento

En una tarde violeta, te vi besar el tiempo
Acariciabas aquellas horas que descansaban en tu recuerdo
De tu boca, un suspiro saltó al viento
Revoloteando entre la muchedumbre, se disfrazó de gris
Camuflándose así con el pavimento

Nadie recordaría ese suspiro, nadie excepto yo
Pues pocos se maravillan con la 
                                                         caída
                                                                     de 
                                                                               los 
                                                                                           pétalos

Todos aplauden a la rosa fresca, radiante
Mas pocos se quedan a celebrar
 su entierro


Recuerdo       manos                  jugar          tu 
                                   tus              traviesas           con         cigarrillo

y ahogar los suspiros                   con un sorbo de café
 venideros



No me corresponde a mí aterrizar a tu lado
                                                       despegar junto a ti
No me corresponde a mí escribir esto
                                                        escribirnos
No me corresponde a mí pensarte
                                                       pensarnos
No me corresponde a mí imaginarte
                                                       imaginarnos
No me corresponde a mí 
engañarme

Desvío la mirada para (no) alcanzarte
(Pero aun así) te sigo buscando
En mi 
 imaginación
En mis  
recuerdos
En mis  
suspiros
Como lo hago cada hora,
  cada minuto, 
cada segundo

Tus ojos son mi ancla
Tus severos ojos, tus amables ojos
Cuando no estás es cuando alzo vuelo
Y cuando te veo, me doy cuenta que no vuelo
Que planeo
Que caigo
Que desciendo

Suspiras de nuevo
Y se me desgarra el alma
Suspiras de nuevo
Y te acompaño a la distancia
A la debida distancia
Y se me escapa un suspiro al viento

miércoles, 20 de julio de 2011

Plegarias a Morfeo

Eran las dos y media de la madrugada y aún no podía atrapar a Morfeo entre mis redes y llevarlo a la cama. Decidí apagar mi Blackberry, podría tentarme a leer mi correo, navegar por la red o cualquiera de esas tonterías que se hacen con los aparatos electrónicos cuando el aburrimiento abunda. Todo estaba en silencio, excepto mi cabeza y mi marido, sus ronquidos penetraban a través de todas las habitaciones (a pesar de eso, nunca hemos recibido quejas de los vecinos).

Aparté las cosas que estaban sobre la mesa auxiliar  y me senté en ella, contemplando al hombre con el que me casé dormir, inhalaba casi imperceptiblemente, pero exhalaba con la brutalidad de un dragón que desencadena un infierno. Su cuerpo, abultado por el sedentarismo, el mal hábito alimenticio y su ritual ingesta de alcohol los sábados en la noche con sus compañeros de trabajo se inflaba y desinflaba, parecía estar soñando plácidamente, como si no le importara que el amor de su vida no estuviese en la cama. Observaba su cara, sus líneas de expresión y sus carnosos labios, los que alguna vez me volvían loca al rozarse con los míos. Apenas tenía el tiempo para detenerme a observarlo, no había notado cuantas zanjas había dibujado en su cara el tiempo.
 
Morfeo, ¿Por qué no quieres secuestrarme otra vez? La expresión de cansancio en mi rostro ya no es atractiva, ya no es como ese reflejo de desamparo que tanto atrae a los hombres, esa expresión de damisela en peligro que busca la protección de un caballero se convirtió en una muestra patética de insomnio. Cuidadosamente me levanté y a paso ligero me dirigí a la ventana, observé la ciudad brillante, esa que nunca duerme y siempre tiene algo que revelar a los deambulantes, esa que esconde perversos secretos y atroces crímenes. Siempre quise cometer un crimen grave, y luego huir a algún país asiático y dedicar mi vida a salvar a los animales en peligro de extinción, pero heme aquí, funcionaria del sistema, impecable labor.

Me levanto todos los días a las 7:45 de la mañana, mi marido se levanta a las 7:30, por lo que siempre el café esta caliente cuando me voy a servir. Luego, él se va mientras termino mi desayuno, se despide con un beso express y en ese instante comienza mi gran momento: enciendo el equipo de música y sin importar qué canción estén tocando, me pongo a bailar y brincar como una adolescente frente al gran espejo que está en la habitación, es el momento más divertido y gratificante del día (tampoco hemos recibido quejas de los vecinos por eso). Una vez bajo del escenario, mi rostro de rockstar cambia al de una importante administrativa, haciendo relucir el collar blanco que llevo con orgullosa repulsión.

Ya no quiero seguir recordando el resto del día, no vale la pena recordar algo que millones de personas adquieren como rutina, mejor dicho, adquirimos. Me centro nuevamente en mi incapacidad para dormir, no me percaté y ya son las tres y un cuarto de la madrugada. Conozco cada rincón de mi hogar, sin encender las luces caminé al living, saqué de una gaveta de los muebles una cajetilla de cigarros, los escondo allí porque temo que alguien hurte mis cigarros, esa cajetilla es lo único que es total y completamente mío. Ni mis objetos personales, ni la ropa, ni mis perfumes y joyas son de mi exclusivo deleite, están escogidos y destinados a que les agraden a terceros: a mi esposo, a mis colegas, al mundo. Aquí en la oscuridad no debo complacer a nadie, aquí en la oscuridad puedo echar humo como se me dé la gana, sentarme cómodamente aún usando ropa ligera, aquí en la oscuridad no hay ojos que miren, jueces que evalúen, ni intenciones de ver bajo mi delgado Baby Doll rojo carmesí marca Victoria’s Secret. Aquí en la oscuridad no existen las marcas, los nombres, las caras, las apariencias, el calor. Aquí en la oscuridad, soy libre.

Morfeo, ¿Eso es lo que quieres? ¿Buscas darme momentos de libertad? Querido Morfeo, amado Morfeo, tus intentos son inútiles, me das momentos de paz que son ensuciados con el pesar del día a día, y eso es algo que ninguna deidad podrá resolver. La divinidad hoy en día, al igual que la vida entera, es un bien de consumo, un producto en el que muchos invierten cantidades absurdas de dinero y esfuerzo tratando de obtener un poco de esperanza, sin darse cuenta que a sus costados todo esta peor que antes. La boca me sabe amarga, mis manos están frías y mis ojos ya empiezan a arder, es hora de que me bendigas con el dulce descanso.

Apagué mi cigarro en uno de esos platos decorativos de porcelana fina que mi suegra me regaló el día de mi  matrimonio con su hijo, que regalo más inútil, quizás quería decirme “No eres lo suficiente para ser la mujer de mi hijo, ten, mujer, un plato fino para que tengas entre tus penosos platos de imitación”. Siempre odié a esa mujer, nunca aceptó que su hijo creció, y nunca aceptó el hecho que usara su pene para otra cosa que no fuera orinar, nunca ninguna mujer va a ser lo suficientemente apta (con apta me refiero como ella) para, además de cuidar y mimar a su bebé grande, fornicar con él. Maldita Yocasta.

Fornicar, hacer el amor, que poco usadas estas palabra, en mi vida actual lo único que interesa que se levanten son las ventas y los sueldos. El lívido es ahogado con compras y postres elegantes, y ni pensar en el orgasmo, es algo utópico en este mundo, en el mundo de los impuestos. Es bastante curioso, porque una de las mayores estrategias en la publicidad es apelar a la sexualidad del consumidor, modelos con poca ropa y exagerados atributos, largos cabellos rubios platinados y caras tan maquilladas que no se reconoce a un ser humano tras ese rimel y base. Conozco muy bien ese mundo, vivo de ello, vivo de las apariencias y de convencer a la gente de que lo que escuchan y ven son lo que realmente quieren.

De pronto, todo se detuvo en aquellas últimas palabras que cruzaron mi cabeza: “lo que realmente quieren”. ¿Y qué es lo que realmente quiero yo? Lo tengo todo, o al menos lo tuve alguna vez. Recuerdo cuando malgastaba mis días de juventud despreciando todo, pateando el muro en vez de rodearlo, no me daba cuenta que en ese momento, yo lo tenía todo: juventud, familia, amor, satisfacción, emociones… sobre todo, sentía.

Mi existencia es infeliz. Tal vez algún día me de cuenta que sí soy feliz, en muchos años, cuando me haya quedado vieja y sola, sin engendrar un hijo y sin marido, con una basura de pensión, esperando a que sea Tánatos y no Morfeo quien me abrace eternamente. Ese día sin dudas anhelaré estos años malgastados, me arrepentiré de no haberme montado sobre mi esposo esta noche y haberle gritado “¡Hagamos el amor como en nuestra primera noche!”, me arrepentiré de nunca haber dejado esta mugrienta ciudad, o al menos este odioso departamento (quizás eso sí hubiese molestado a los vecinos).

Entré nuevamente a mi habitación, perdón, nuestra habitación, con un sigilo felino me escabullí entre las sábanas, una vez apoyé la cabeza contra el almohadón de plumas, sentí un gran alivio, al fin mi mente se silenció. Ahora lo único que hacía ruido eran los ronquidos del hombre junto a mí, los cuales ya ni percibía. Pensé en abrazar ese bulto de carne que una vez fue mi marido, pero no lo hice por miedo a  despertarlo. El darme cuenta de lo patética que es mi vida, y que seguirá así hasta el último de mis días, fue mucho menos doloroso de lo que pensé, quizás ya acepte mi destino, o simplemente ocurrió con ello lo mismo que pasa con todo: “Da igual, pasará”

Lentamente el sueño se apoderaba de mi, en mi agonizante lucidez, de un segundo a otro rompí en llanto silencioso, rogando: “Por favor, que este almohadón sea de las mismas plumas que las del cuento de Quiroga, que esta maldita vida sea un sueño y realmente sea víctima de un sacrificio humano… Morfeo, te lo ruego, apiádate de mí y nunca me hagas despertar. Sálvame, amado mío, sálvame”