domingo, 18 de diciembre de 2011

Ramón

Abrí de par en par las puertas que daban al largo pabellón, las luces de neón emitían un titileo constante, se escuchaba el murmuro apagado de las enfermeras, quienes se aferraban unas a las otras para no hundirse en el mortal y gélido silencio de las habitaciones de los futuros muertos.

No moví un solo musculo cuando me reveló su triste destino: el tumor cancerígeno que afloraba en su pecho le asfixiaba a cada segundo. Dios quisiera que aquel túmulo demoniaco le matara de una vez y sin dolor, pero así no son las reglas del juego, un suplicio insoportable le esperaba. Y yo no sentí una gota de lástima al respecto.

Ramón fue, hace tiempo, el hombre con el que quería pasar el resto de mi vida. Sus defectos no hacían más que realzar el natural encanto del simpático y cariñoso hombre que alguna vez fue. Nunca fue muy atractivo, pero su gran boca podía más que el físico y el intelecto de algunos; sus ojos verdosos, a pesar de ser algo tenebrosos, en lo profundo brillaban con una chispa radiante.

Incluso cuando nos reencontramos hace tiempo, en una noche fresca de otoño, sus gestos y halagadoras expresiones lograron romper con facilidad el muro de hielo que había construido con el pasar de los años, mas como aprende el pez a huir del arpón, su simpatía y tierna sonrisa no me engañaron, sabía exactamente qué cruzaba por su gran cabeza y cuáles eran sus maquiavélicas intenciones. Le conozco muy bien, sé cifrar su lenguaje.

Nuestros encuentros son una ridícula obra teatral, donde todo parece estar ya escrito, de plástico, y nada me asombra o me es inesperado. Sabía de memoria los parlamentos: él entra en escena con sus lamentos e insinúa ser fuerte, yo lo escucho; él habla sobre sus quijotescas vivencias , yo lo escucho; él intenta mantener mi cuerpo cerca, bajo control, y yo lo escucho; pretendo resistir torpemente; abro la boca y su voluntad y fortaleza caen al suelo con el peso de mis palabras; teniendo la oportunidad de ponerle un final definitivo a la historia, de degollar al guerrero caído, no lo hago. Muestro piedad; él se cree dueño del mundo por este gesto; le dejo creer, con la esperanza de que se aburra. No lo hace; desaparezco hasta una próxima función. Era exactamente igual cada vez.

Me contactó mediante un mensaje de texto, no tengo idea de dónde sacó mi número. Sin más detalles me convocó a una cita con él en el café Mora, sabía que si me rehusaba no sería cómodo estar esquivando el contacto con él los próximos días, mejor acabar con la función de una vez por todas.

No tuve tiempo para arreglarme o cambiarme de ropa, pues ese día salía tarde del trabajo. Si no mal recuerdo, vestía una falda no muy provocativa, pero muy elegante,  zapatos de tacón y una preciosa blusa amarilla, la cual había comprado esa misma semana, un abrigo color caoba y joyería de plata bastante simple. Lo necesario para sobrevivir a una jornada trabajando con los lobos.

Llegué al lugar de encuentro unos minutos antes, si algo debo reconocer en Ramón es un impecable puntualidad, pareciera ser de descendencia inglesa. Pedí un café cortado y unos dulces árabes, a pesar de mi desagrado por comer antes que los demás, significarían un mensaje para él.

Se abrió la puerta del café a las 19:29, y entró un hombre alto, macizo, de tez blanca, ojos verdes y melena ondulada, vestido completamente de negro, a excepción de la camisa blanca que usaba debajo de su saco. Era Ramón, por supuesto. Clavándome la mirada, se encamino hasta la mesa, en donde me servía mi café pretendiendo no haber notado su llegada. Antes de tomar asiento se acercó a mi silla y me saludó:
            - Hola, tanto tiempo – Inclinó su cuerpo hacia el mío, esperando recibir un beso en la mejilla como saludo.
- Hola Ramón – Le sonreí – Toma asiento, por favor

 Me miró con aire ofendido y luego se sentó. Inició la conversación con un agradable elogio a mi persona.
-Te ves muy linda, pero hay un gran pero, te ves mucho mayor, y no te corresponde. Además, sabes que no me gusta el amarillo, creo que es un color ordinario. Yo sigo vistiendo como antes.
- Lo hago a propósito, me gusta verme mayor. Y bueno… a mí me gusta el amarillo.

Él era siete años mayor que yo, aunque ahora la diferencia de edad no era tan notoria. Cuando nos conocimos yo era una niña de dieciséis años, y él un joven de veintitrés, por lo que siempre me tachó de infantil, a veces para encubrir su propia inmadurez. Ramón solía volver a los años de irresponsabilidad y despreocupación cuando estábamos juntos, mientras yo caminaba en el sentido opuesto. Yo quería crecer, madurar, hacerme responsable de mi vida y de mis logros.

Ramón solía relatarme sus hazañas y locuras de temprana  juventud, me contaba cómo malgastaba las horas y los días bajo los efectos de diversas drogas, cómo logró encamarse con la mujer más difícil de su localidad natal; me relataba entre risas cómo perdió sus estudios universitarios debido a su alocado estilo de vida. Siempre recibía una mirada de desaprobación de mis ojos, pero de mis labios y de mis manos se escapaban inevitablemente la comprensión y el consuelo maternal.

Llamó a la mesera y ordenó una porción galletas y un café grande, mientras devoraba con la mirada los abundantes atributos de la señorita buena moza que le atendía amablemente.

                -¿No quieres nada? – Me preguntó.
                -Aún no termino lo mío, gracias – Procuré que el café y lo poco que me quedaba de dulces árabes me durara el mayor tiempo posible.
                -Cuando quieras algo, me avisas.
                -Bueno… ¿para qué me llamaste? – Quise sonar lo menos alterada posible, el hecho de tenerlo en frente ya me perturbaba un poco.

Dio un suspiro y me miro directo a los ojos, tratando de despertar mi nerviosismo, pero al parecer mi mirada en ese instante era más dura que la suya. Desistió.

                -¿Recuerdas cuando conversamos la última vez? Te dije que el resultado del examen salió negativo. Hace poco me hice otros exámenes en otra clínica y… - Hizo una breve pausa, suspiró y luego continuó - … no sé qué hacer.
                -¿Cuál es el diagnóstico del doctor?
                -Voy a morir de cáncer.
                - Por favor, Ramón, eso no te dijo el doctor. Dime lo que te dijo.
                -Que tengo cáncer al riñón. Mi madre está destrozada, quiere llevarme a Alemania con sus hermanos para que me traten allá. Estaré viajando para los primeros días de Enero.

Mi rostro permaneció impasible, al igual que mi corazón. Ya no tenía certeza de la veracidad de las palabras de ese hombre, realmente no me importaba creerle o no, simplemente le escuchaba. Su búsqueda de alguna respuesta en mi rostro se transformó lentamente en una contemplación, al darme cuenta de lo profundo de su mirada me puse nerviosa, él se percató. Sonrió para sí disfrutando su pequeña victoria.

                -Es una lástima… - agregué – ¿Y qué piensas hacer ahora?
                -Pues marcharme a Alemania, claro. Me inscribí en la universidad, planeo terminar lo que empecé y…
                -Cuida que no se topen las fechas de tu titulación y de tu funeral… - Ese comentario me salió del alma, claramente he guardado un resentimiento no reconocido hacia Ramón, pero nada tan grave como para desearle la muerte. Añadí una risotada burlesca para amenizar la aguda frase.
                -Eres malvada – Se rió.
                -¿Qué quieres que haga? ¿Qué milagrosamente cure tu cáncer, te salve de las garras de la muerte y te entregue todo para que seas feliz? A todos nos toca morir de una u otra manera, una lástima que te toque tan joven y que no hayas apreciado tu vida hasta ahora.
                -¿Puedo aceptar la última propuesta?
                -No.
                -Pues creo que sí es posible –Rió nuevamente, reí con él.

Habíamos tenido encuentros anteriormente, a veces simples charlas, a veces batallas campales entre las sábanas de un motel barato. Él me llamaba y yo estaba allí, nunca entendí bien el porqué, siempre tuve claro lo que él buscaba. Nunca me entregué indefensa, pues tenía mis armas bajo la manga, disfrutaba escapar de él cuando se sentía seguro conmigo, de alguna manera extraña, me hacía sentir especial, única. Ramón se sentía gozoso al estar a punto de atraparme entre sus redes, yo le robaba ese placer, por dentro reía mientras miraba su cara enlodarse con la decepción de un amor frustrado. No había frenado nunca estos encuentros insanos, aun cuando Ramón en nuestros años de pareja me había apuñalado por la espalda en varias ocasiones.

La mesera trajo su pedido, su llegada fue más coqueta y cautivadora que antes, pues ya tenía la certeza de que los ojos de Ramón estaban posados sobre su carne, y si tenía suerte, su bello cuerpo le brindaría una propina extra. Antes de marcharse, Ramón pidió una botella de jugo natural.

                -Para la dama, por favor – Cómicamente imitó a los galanes de las grandes pantallas con sus gestos faciales, luego añadió – Y… ¿qué es de tu vida? ¿Planes? ¿Romances?
                -Por supuesto, tengo pensado arrendar mi departamento y comprar una casa. En cuanto a romances… es algo extraño, en el aire, nada concreto.
                -Entonces estás con alguien.
                -No, es eso, lo que pasa es…
                -No me engañas – Estaba serio, casi enojado.
                -¿Celoso?
                -Sí.
                -No deberías estarlo.
                -Lo sé.
                -¿Qué tal tú? ¿Alguna Dulcinea?
                -Tengo un par de muchachas a la siga, bellísimas, jóvenes y deseosas; pero tal como le dije a una, si quisiera lucirme con una muñeca perfecta, mejor me compro un cuadro y me lo cuelgo en la espalda. No me nace tener algo con ellas, casi ni me excitan. A veces pienso que estoy mejor solo, pero necesito a alguien a quien contarle ciertas cosas, cosas como esta. Eres la única persona que sabe escucharme, que me entiende y que no dice solamente lo que quiero escuchar. Necesitaba verte.

“Aquí va de nuevo” pensé. No le respondí, lo miré y le di el último sorbo a mi café. La mesera posó sobre la mesa la botella de jugo y se retiró, seguida por la mirada hambrienta del sujeto frente a mí. No toqué la botella, no aceptaría nada de parte de Ramón.

                -Ya me viste, ¿eso es todo? Tengo cosas que hacer en casa.
                -No, quiero que te quedes un rato más.
                -A sus órdenes, mi señor. – Dije en un tono sarcástico. Me levanté de la mesa, tome mis cosas y me marché.

No me fui porque me sintiera ofendida, ni porque realmente tenía cosas que hacer, sabía exactamente cuál sería la respuesta a esa acción. No alcancé a cruzar la esquina y escuché a la distancia un grito:
                -¡Alondra!

Recuerdo que por mis labios se deslizó una sonrisa maliciosa. Me sentía fuerte, poderosa, como cada vez que me encontraba con Ramón, pero esta vez no fingía ser la victima ni la pobre ave enjaulada,  esta vez era yo quien manipulaba físicamente a Ramón. Si quería hacerle correr, simplemente debía correr; Si quería verle quebrarse, debía desaparecer y observar a escondidas.

Escuché el golpeteo de sus zapatos acercándose rápidamente, una oleada de adrenalina se apoderó de mí y empecé a correr. Corrí y corrí sin saber a dónde, lo único que me importaba era escuchar como Ramón me seguía a duras penas y como agitadamente gritaba mi nombre: “¡Alondra!... ¡Alondra!” 

Corría como el viento,  donde sea que fuese Ramón estaba allí, como una sombra. Quería zafarme de esa sombra, de esos recuerdos amargos, de esas caricias forzadas, de esos insultos desparramados en mi cuerpo, de esas lágrimas secas, de esos besos sofocantes, de esa persona que solía ser yo, de la débil Alondra, de la tonta Alondra.

Mi cuerpo no resistió muy bien la carrera, los tacones y el sedentarismo no me ayudaron para nada, tuve que detenerme. Me metí en un centro comercial y me oculté entre la multitud. Miré un par de veces hacia atrás para ver si Ramón aparecía, más de una vez pude ver una figura espectral vestida como él paseándose entre la masa, era solo mi imaginación. No lo vi. Luego de merodear un rato entre la gente, decidí irme a casa.

Tomé una ducha caliente y me preparé la cena, prendí la televisión para no sentirme tan sola. Esa noche no pude dejar de pensar en qué hubiera pasado si yo no hubiese huido, o si él me hubiese alcanzado. ¿Me hubiera abrazado? ¿Besado tal vez? ¿Estará enojado o deprimido ahora mismo? De alguna manera extraño la sensación de un beso, de una caricia, de compartir una cama. Podría haber sido con Ramón, o con cualquier otro, lo importante es la sensación. Pero Ramón, al parecer, buscaba algo más… ¡Mentira! Siempre ha hecho lo mismo, su boca mentirosa, su boca seductora siempre está llena de palabras de cartón, imitación barata de un sentimiento. No es nada, nada, nada, absolutamente nada.

Nada, como lo que siento en mi pecho. Un vacío. Un hambre de autenticidad. Nada.

Pasaron las semanas y los meses, como es de costumbre, no volví a tener noticias de Ramón. Encontré una pareja casual, lo veía de dos a tres veces a la semana. Todo marchaba regularmente, vivía en un tiempo inerte, como si todos los días fueran de la misma semana.

No recuerdo cuánto tiempo pasó desde la última vez que vi a Ramón. Un día como cualquiera, recibí una carta suya, decía:

“Alondra:
Necesito verte por última vez, por favor. No puedo salir, necesito que vengas tú a visitarme. La dirección está en el sobre. Espero que vengas.

Ramón”

Busqué por Internet la dirección que aparecía en el sobre, resultó ser el Hospital San Juan de Dios. Mientras tomaba una ducha antes de salir, pensaba: “¿Por qué he de ir? No somos “nada”, pero el confía en mi, o al menos lo aparenta, quizás me inyecta así un motivo para acudir a su llamada. No, no quiero ir, yo soy la que tiene el control, ya no soy nada suyo, no soy su mascota. Ya no más”. De un instante a otro, me sorprendí a mi misma en la puerta del hospital. Le hablé a la señora de la recepción:

                -Buenas tardes, la habitación de Ramón Herrera, por favor.
                -¿Pariente, pareja o amistad?

No le respondí, le mostré la carta que me escribió. La señora me quedó mirando un par de segundos y luego añadió:
                -Ala Oriente, tercer piso. Pregunte por la habitación 508.
                -Muchas gracias.
                -Suerte, jovencita. Que Dios la acompañe.

Abrí de par en par las puertas que daban al largo pabellón, las luces de neón emitían un titileo constante, se escuchaba el murmuro apagado de las enfermeras, quienes se aferraban unas a las otras para no hundirse en el mortal y gélido silencio de las habitaciones de los futuros muertos. En la habitación 508 estaba Ramón, esperándome.

Me impactó verlo en tal estado, postrado en una cama de hospital y con diversos tubos saliendo de su cuerpo. Las sábanas, delgadas como papel, estaban perfectamente estiradas, como si Ramón no hubiese hecho un solo movimiento en toda su estadía. En su cabeza quedaba al descubierto la sombra de lo que fue su melena ondulada, sus ojos estaban perdidos en el infinito, ya no brillaban, ya no miraban. Estaba esquelético, débil, indefenso, desamparado. Siempre vi a Ramón como alguien fuerte, alguien que era capaz de hacerme luchas con todas mis fuerzas, pero ese Ramón ha muerto aquí, en este preciso instante.

Tardó un par de segundos en darse cuenta de mi presencia, estábamos solos. Posó sus ojos muertos en los míos, débilmente me habló:

                -Pensé que no vendrías... 
                -Pensaste mal. – Me quedé sin palabras, sentía lástima por el personaje que estaba en esa cama, no pena ni tristeza.
                -Me ha tomado rápido… no me he cuidado nada… mejor vivir rápido a morir lento. – Sonrió. Se quedó sin aliento, pausó unos instantes y luego siguió.- Aquí estoy… esta es mi persona, soy Ramón.
                -No por mucho – Esas palabras suyas fueron las mismas que dijo el día en el que lo conocí.
                -No… Alondra
                -¿Dime?
                -¿Por qué... corriste ese día?
                -No lo sé, Ramón, simplemente lo hice.
                -Ya veo…
                -Así es.
                -Alondra
                -¿Dime?
                -Gracias
    -¿Por qué?
    -…Perdóname.


Ramón cerró sus ojos y no pudo hablar más, había quedado exhausto. Su pulso empezó a disminuir, sonó la alerta del cardiograma. Una enfermera entró rápidamente, me empujó hacia atrás y lo examinó. Me había congelado por unos instantes, temblaba de miedo, el agudo chillido del cardiograma me apuñalaba el estómago. La alarma se silenció.

-No se preocupe, está bien. Demasiada emoción por un día, tengo que pedirle que se retire.
-No hay problemas, gracias.

No fui capaz de pensar en nada hasta encontrarme fuera del hospital. Me marché pensando en sus últimas palabras.“Perdóname”, nunca lo había escuchado decir algo así, de esa manera tan sincera. Lástima que en el ocaso de su vida se mostraran tales estrellas. Una lástima, realmente. Antes de llegar a mi departamento, pasé por el café Mora, pedí unos dulces árabes y un café cortado.
                -¿Para servir o para llevar?
                -Para llevar.